
Para la temporada de otoño/invierno, las editoriales nos habían preparado una pasarela atractiva, sobre todo con lanzamientos de traducciones de la literatura anglófila. Sin embargo, después de ver lo visto, queda un sabor agridulce. Gran desilusión el último libro de
Martin Amis, mucha pornografía, incesto, desnudos de la familia real, amarillismo periodístico, violencia y, al final, nada. Como un petardo mojado, sólo mecha. Este
Perro callejero (
Yellow Dog, en su versión inglesa) ha resultado más ladrador que otra cosa. ¿Qué fue de aquel
Amis de pluma acerada que brillaba en sus mejores ensayos? ¿ese hijo pródigo de
Nabokov? Por suerte, siempre nos quedará
Coetzee. El sudafricano itinerante conserva su estilo de siempre, esa prosa fría y cortante que despedaza con precisión de cirujano habilísimo, las entrañas de las relaciones humanas. J
. M. Coetzee, al que el Nóbel parece haberle hecho aún más invisible de lo que era, se esconde tras la chirriante Costello, y nos entrega con su
Hombre lento (
Slow Man) un volumen más de sus clásicos del siglo XXI. Para quitarse el sombrero.