
A sus lectores nos gusta pensar que
Joseph Conrad tuvo una vida plena de aventuras en lugares exóticos del Índico, el Caribe o el Cuerno de África. Lo que nos atrae a la mayoría es esa imagen tan equilibrada que da entre un gentleman indudablemente flemático y un curtido lobo de mar (¿por qué será que los lobos de mar siempre acaban curtidos como el cuero?). Desde luego, este no es más que un cliché que nos ponemos delante de los ojos para mirar el eclipse
Conrad sin que se nos dañe la vista. Si prescindimos de hechos demasiado concretos como el de que nació en un lugar que, según los mapas, ya no existe (ni es Polonia, ni es Rusia, sino Ucrania actualmente), que se hizo (o lo hicieron) súbdito de un imperio que estaba a punto de quebrarse por el espinazo y que disfrutó de la vida en el mar como ningún otro autor conocido lo ha hecho jamás, no sabemos tampoco tanto sobre lo que realmente pasaba por su cabeza. Es verdad que
El corazón de las tinieblas y
Lord Jim han sido las obras favoritas del gran público, pero yo prefiero
El negro del Narcissus y
El pirata, dos de sus novelas casi siempre desdeñadas por menores. ¿Menores con respecto a qué?